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lunes, 7 de noviembre de 2011

Cannes

Me doy una licencia para escribir ahora sobre un tema que puede tener poco que ver con nuestros problemas aldeanos. Cuando hablamos de Cannes, no nos referimos a  una jauría de perros, tampoco de una reseña cinematográfica de aquellas que le han dado fama a esa ciudad del sur de Francia, donde se celebra, año con año,  una pasarela de artistas y películas; no.

Se trata de una reunión que tiene lugar allá, en Cannes, que reúne a los presidentes de los 20 países más fuertes del mundo, el llamado G-20, entre los que está México, quién iba a creerlo, y que discuten sobre qué hacer con la crisis mundial en puerta, o más bien que ya está en la casa de todos.  La presión que se ha ejercido sobre Grecia hace evidente que nadie se puede salir del corral. Papandreu, el primer ministro  de ese país, tuvo que echar marcha atrás. Él quería preguntarle  mediante un referéndum a sus paisanos si se aceptaba o no  el plan propuesto por los países de la zona euro, a lo que  era previsible que la gente dijera: no, no lo aceptamos. Pero tuvo que desistir. O aceptas o la Unión Europea sigue sin ti y te dejamos con tu deuda que asciende a 170% del Producto Interno Bruto del país ateniense. También demuestra qué países, Francia y Alemania, son los que llevan la batuta. Pero hay otros que también padecen lo que Grecia: Italia, España y Portugal. Y los fondos europeos que alimentan, sobre todo los países fuertes ya citados, no van a alcanzar para todos, y ése es el gran problema, aquí y allá.  La crisis que sufren todos los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, sean parlamentarios o presidenciales,  es una crisis de recursos.  Los estados y sus finanzas se debilitan y a las múltiples peticiones de sus gobernados tienen que decir, no, no alcanza, no hay. 

Y ahora resulta que Calderón, el presidente mexicano, va a presidir ese G-20 y ya empieza a dar consejos de lo que se debe hacer.  Candil de la calle y oscuridad en su casa. ¡Vaya! México en efecto está dentro de los 20 por su riqueza, por el tamaño de su PIB, por el volumen de sus exportaciones, sí,  pero cuando se analiza su desarrollo humano ya no nos va tan bien. Justamente se acaba de dar a conocer el estudio anual de Naciones Unidas y en ese renglón ocupamos el lugar número 57, e incluso si introducimos el concepto de equidad y de género, nos vamos hasta los lugares 72 y 76 respectivamente. Somos ricos y pobres. Pero sobre todo inequitativos, es decir los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Ése, nuestro mayúsculo problema, sólo podrá solventarse  con otras políticas públicas. Y sobre ellas hay diferentes puntos de vista. Por ejemplo, en materia laboral hay quienes quieren una reforma, que sin duda es necesaria, lastimando derechos adquiridos de los trabajadores; en materia de hidrocarburos, hay quienes desearían ceder parte de la soberanía permitiendo inversión privada y extranjera en Pemex. Si esas reformas, como otras, no han transitado es porque en el interior de la sociedad no hay acuerdos sobre el rumbo a seguir. Si esos acuerdos existieran fuera del congreso, éste no tendría más que procesarlos. Y esos acuerdos tienen que construirse no con los máximos de cada quien, sino a partir de los mínimos, a partir de los cuales va a ser necesario negociar. Cuando las élites entiendan el momento de México, y lo que se necesita, cediendo algo de sus pretensiones, las cosas van a caminar mejor. Ya ha sido así a lo largo de la historia. Las diferencias tienen que reducirse.  Y volviendo a Cannes. Las diferencias entre Alemania y Grecia en materia fiscal son abismales, pero si quieren conservar la unidad europea tendrán que conciliarse. Lo mismo aquí. Tenemos que conciliar los extremos. Y esa tarea es eminentemente política.

lunes, 10 de octubre de 2011

Clases medias y deterioro social

A diferencia de lo que sucede en los países desarrollados,  en México, las familias de clase media han logrado ese status gracias al conjunto de ingresos que se acumulan en una familia, no sólo gracias a un ingreso individual o de pareja típicamente elevado que caracteriza a la clase media internacional, o más bien europea.

Hay países emergentes que han duplicado en los últimos 15 años a sus clases medias: Brasil, Chile, México mismo, y en breve, India. Una forma de medir esa condición tiene que ver con el ingreso y los bienes que se poseen, pero otra tiene que ver con ciertas actitudes. Quienes han estudiado estos temas consideran que quien reúna más de una de las siguientes características forma parte de ese segmento social: paga a plazos, tiene computadora, ha comprado un seguro, tiene acceso a internet, en su familia es el primero en  ir a la universidad, vive en una ciudad, ha viajado en avión, construyó un segundo piso, tiene coche, va al cine o es profesionista.  Una muestra adicional de que se ha expandido la clase media mexicana es el hecho de que 65% de la población, cuando menos una vez al año, ha viajado fuera de su ciudad o el hecho de que cada vez un menor número de mexicanos se identifica con un  partido político o, en otras palabras, que el cambio de preferencias políticas es un síntoma de crecimiento de la clase media: en 1989, 29% de la población no tenía identidad partidaria, en 2007, el 34.7%. Hay otros indicadores que se asocian a la pertenencia de ese segmento social, como, por ejemplo, el consumo per cápita de cárnicos o la utilización per cápita de servicios de salud privados. Desde luego que en todo esto hay matices, según la región del país o los segmentos de edad, pero es indudable que ha habido una expansión de ese segmento poblacional.

Desafortunadamente, también existe y es mayoritario el segmento de pobladores de México que viven en condiciones de pobreza y de pobreza extrema. Los contrastes crecen e irritan. El crecimiento de la criminalidad que hoy observamos está asociado a esas diferencias. Peor aún, la crisis del 2009, de la que todavía  no salimos, pese a las cifras alegres que presenta la autoridad, hizo crecer la informalidad y debilitó a la clase media que poco a poco fue perdiendo capacidad de compra e incluso empleo: los jóvenes egresados de las universidades, adicionalmente, no han logrado incorporarse al mercado de trabajo. Todo lo  anterior ha ampliado la posibilidad de brotes de violencia social distinta a la asociada al crimen organizado. 

La inestabilidad que ello pudiera provocar debe preocupar hondamente a quienes toman decisiones, pero también a quienes pregonan una mayor participación ciudadana que se entiende no como una vía para alcanzar el poder político, sino como una forma de contrarrestar sus yerros o corregir sus tendencias. Es decir, a través del poder ciudadano marcar la pauta, crear conciencia, protestar e ir articulando las demandas en propuestas concretas.  Por otro lado, es imprescindible que todos nos despojemos del lenguaje simplista o esquizofrénico, según el cual se dice una cosa y se hace otra. Las campañas que vienen y las precampañas que ya están y que han rebasado a las autoridades electorales que no saben cómo cubrir las apariencias son perlas del doble discurso. Que si la libertad de expresión, que no hay demandas específicas y por ende no se puede actuar, que si no hay recursos de vigilancia, etcétera, avizoran que ya en el proceso, igualmente, será difícil argumentar la legalidad y legitimidad de quienes triunfen.